En La Samaria, Arboleda, donde la geografía impone desafíos, la seguridad encuentra rutas hacia la democracia - Publicaciones Ejército | Portal Oficial
En La Samaria, Arboleda, donde la geografía impone desafíos, la seguridad encuentra rutas hacia la democracia
Durante aproximadamente 18 días, un pelotón liderado por el subteniente Cuéllar Calderón recorre montañas, quebradas y senderos imposibles para garantizar que 25 habitantes de la vereda La Samaria, en límites entre Caldas y Antioquia, puedan ejercer su derecho al voto.
El objetivo es llegar a una pequeña escuela rural que se transforma en puesto de votación durante la jornada electoral. Allí viven apenas dos grandes familias que, en total, reúnen cerca de 25 personas entre hombres, mujeres y adultos mayores. Para muchos podría parecer un número insignificante. Para el Ejército Nacional, representa el mismo compromiso que cualquier gran centro de votación del país.
La misión arranca en Pensilvania, un municipio ubicado en el oriente de Caldas, y se dirige hacia Arboleda, cerca de la frontera con Antioquia, donde un río hace de línea divisoria entre dos departamentos y donde el terreno parece haber sido diseñado para desanimar a quien intente cruzarlo. A las montañas que separan a Caldas y Antioquia no les importa que sea época electoral.
Un plan que comienza mucho antes del día de las elecciones
Cada vez que se activa el Plan Democracia, hay hombres que emprenden el recorrido para facilitar que, incluso en los rincones más apartados del país, la democracia llegue hasta donde llegan sus habitantes.
Junto a 16 soldados profesionales, el subteniente Santiago Cuéllar debe planear durante días cada detalle del desplazamiento; no se trata simplemente de llegar a un puesto de votación, se trata de atravesar un territorio que parece empeñado en poner a prueba cada paso. Esa combinación de un comandante joven con vocación y un pelotón curtido es lo que hace que la misión funcione.
«Son más de 18 kilómetros, pero el cuerpo los siente como el doble», explica el oficial
Desde el sector de Pensilvania hasta Arboleda hay aproximadamente 18 kilómetros de recorrido; sin embargo, para quienes cargan armamento, equipos de comunicación, víveres y el peso de la responsabilidad, la distancia se siente mucho mayor. El camino serpentea entre montañas inclinadas, hay zonas donde el sendero apenas permite el paso de una persona y no existen carreteras. Los vehículos no son una opción, la única manera de llegar a la vereda La Samaria es a pie.
A lo largo del recorrido aparecen ocho quebradas que bordean la zona. Allí el subteniente Cuellar y su tropa, hacen pequeñas pausas para hidratarse, realizar mantenimiento al equipo y recuperar energía antes de continuar con el peso de una misión que desde afuera podría parecer desproporcionada, pero desde adentro, según el subteniente, tiene un nombre preciso: deber.
Una logística que es todo un desafío
El material electoral y los jurados de votación vienen de ciudades principales, son transportados en helicóptero hasta un punto cercano, pero ni siquiera la aeronave puede llegar directamente a la escuela en la vereda La Samaria. El Ejército Nacional ya está prestando seguridad antes del aterrizaje de la aeronave. Los militares deben verificar las condiciones de seguridad de la zona.
Una vez descienden los pasajeros y la carga, todavía queda una caminata de aproximadamente 25 minutos hasta la vereda. Todo debe quedar instalado un día antes de la apertura de las urnas, el material electoral se debe llevar a cuestas, no existe otra posibilidad más cómoda de transportar.
Admiración que se refleja en un ¡gracias!
Cuando llegan estos hombres y mujeres a votar, el subteniente Cuellar y sus 16 soldados profesionales ya los están esperando a las afueras de la pequeña escuela, brindando seguridad para que el Plan Democracia se lleve a cabo sin contratiempos. La recompensa es el agradecimiento con palabras sencillas que adquieren un enorme valor después de tantos días de sacrificio.
Algunos de los adultos mayores nunca salen de la vereda, no bajan al pueblo, no conocen la ciudad, no tienen razón práctica para alejarse de lo que han construido en esas montañas. La única vez que lo hacen es para ejercer su derecho al voto.
Saben que el recorrido es difícil, que nadie llega hasta allá por gusto y que ese grupo de hombres uniformados y cargados no solo del peso de su equipo, sino de valor y compromiso, ha invertido días enteros en garantizar que ellos puedan hacer algo que en otras partes del país toma diez minutos y una vuelta en carro. Los habitantes de La Samaria no dan esa facilidad por sentada porque nunca la han tenido.
Quizá por eso, cuando los sufragantes llegan a las urnas, el acto de votar adquiere una dimensión distinta. No es una diligencia más del día, es el resultado de una decisión consciente y de un esfuerzo compartido entre una comunidad que se resiste a abandonar su territorio y quienes trabajan para que la democracia llegue hasta los lugares donde pocas personas llegan.
La satisfacción del deber cumplido
«Al final, cuando las urnas se cierran y el material electoral inicia su regreso, queda la satisfacción de una misión cumplida», explica el subteniente Cuellar. Aproximadamente 18 días de planeamiento, desplazamientos y vigilancia para que 25 personas puedan votar.
Una cifra que para muchos puede ser pequeña en las estadísticas nacionales, pero enorme para quienes entienden que la democracia también se construye en aquellos lugares donde el Estado solo puede llegar caminando y el Ejército Nacional está ahí, velando por que se llegue bien y sin contratiempos.
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