Al cabo segundo veterano Juan Camilo Villarraga le cambió su vida para siempre cuando una mina antipersonal explotó bajo sus pies, desde ese día una voluntad inquebrantable lo acompaña en cada paso que da y en cada cumbre que logra escalar, como la del nevado del Tolima.
Ingresó a la Escuela Militar de Suboficiales en 2009 y dos años después comenzó una carrera marcada por el servicio. Popayán fue su primera unidad, luego salió trasladado al departamento del Huila, donde el deber lo llevaría al momento que partiría su historia en dos.
El impacto fue devastador
El 31 de diciembre de 2014, mientras registraba un campamento ilegal después de una operación militar, una mina antipersonal le destrozó la pierna izquierda, y la tragedia sería por partida doble ya que minutos después, el soldado radioperador Dario Fernando Caliz Medina, que solicitaba la evacuación también activó otro explosivo. Ambos quedaron heridos en medio de una extensa área minada.
El helicóptero no podía aterrizar debido a que el clima cerró toda posibilidad de rescate; la espera se hizo eterna, siete horas inmóviles, rodeados de explosivos y con el dolor aumentando y perdiendo sangre lentamente de sus cuerpos.
Sin embargo, lo que más recuerda de ese momento no es el sufrimiento, sino la disciplina, ya que mientras la incertidumbre aumentaba ninguno de la tropa perdió el control. Cada soldado mantuvo su posición, protegió a sus compañeros y sostuvo la unidad de mando; en medio de la tragedia el entrenamiento priorizó sobre el miedo.
La esperanza empezó a desvanecerse
Cuando la noche avanzó y los medicamentos comenzaron a acabarse, convencidos de que quizá no verían el amanecer, comenzaron a despedirse. Repartieron el equipo entre sus compañeros, entregaron sus pertenencias y designó a un soldado para que, si él no sobrevivía, hablara con su esposa y con su madre. No era resignación, era un último acto de responsabilidad porque incluso cuando la vida parecía apagarse, seguían siendo soldados.
En el Hospital Militar comprendió la dimensión de lo ocurrido, la adrenalina desapareció y apareció el vacío. Perdió la pierna izquierda, vinieron las cirugías, las infecciones, una nueva amputación, meses de rehabilitación y el aprendizaje de caminar nuevamente con una prótesis.
La herida que nadie veía
Durante años creyó que ser fuerte significaba no llorar; manejaba, jugaba fútbol, estudiaba, trabajaba y buscaba mantenerse ocupado. Hacía de todo para no detenerse, pensaba que seguir adelante era suficiente hasta que su esposa, psicóloga de profesión, le mostró una verdad que cambiaría su vida, no estaba siendo fuerte, estaba escondiendo el dolor.
Nunca había hecho el duelo por la pérdida de una parte de su cuerpo, entonces por primera vez, se permitió llorar. Durante varios días dejó salir todo aquello que había permanecido guardado desde aquella explosión y fue precisamente en esas lágrimas donde encontró la verdadera resiliencia. «No llorar no era fortaleza, era una máscara», reconoce hoy.
La montaña, el nuevo reto por superar
El deporte apareció primero como una forma de mantenerse activo, luego se convirtió en un propósito de vida. En 2025 hizo parte del proyecto Cumbre sin Límites, junto a otros veteranos en condición de discapacidad, así alcanzó la cima del nevado del Tolima. Muchos imaginarían que en ese instante recordó la explosión, el combate o el campo minado, no fue así.
Cuando llegó a la cumbre, dice que solo pensó en una persona, en él mismo. En el niño que soñaba, en todo lo que había superado, en todo lo que aún era capaz de lograr; para el cabo segundo Villarraga, la cima representa mucho más que un paisaje, es la prueba de que sanar también puede ser un camino hacia arriba.
20 de julio y el honor de desfilar como héroe
Ahora marchará como veterano con una historia escrita en cicatrices, con la serenidad de quien entiende que el honor no termina cuando finaliza el servicio activo y con la certeza de que el país necesita recordar a quienes entregaron parte de sí por Colombia. Muy pocos imaginarán la montaña invisible que tuvo que escalar para llegar hasta allí; la verdadera victoria fue recuperar la capacidad de creer en sí mismo y esa cumbre, como él mismo la llama, sigue siendo la más alta de todas.
Cuando avance junto al bloque de veteranos durante el desfile militar, sabe que no será un recorrido cualquiera, «será una nostalgia bonita, de esas que están llenas de orgullo», dice al imaginar el momento en que miles de colombianos lo vean pasar. Será inevitable recordar los años de servicio, los compañeros con quienes compartió el uniforme y el camino que lo trajo de regreso, esta vez como un veterano que sigue sirviendo desde otro lugar.
Por eso, considera que reconocer a los veteranos es, ante todo, un reconocimiento al servicio silencioso de miles de hombres y mujeres que, sin importar las circunstancias, han puesto a Colombia por encima de sí mismos. A los soldados que hoy continúan desplegados en todos los rincones del territorio nacional les deja un mensaje nacido de la experiencia.
«Gracias por seguir sirviendo. Continúen siendo leales y actuando con honor cada día. Nadie viste el uniforme por obligación; quien decide hacerlo, lo hace porque entiende el valor de servir a la patria». Y a los colombianos les pide una sola cosa: no olvidar.
Porque servir a Colombia, asegura, no depende únicamente de portar un uniforme, también significa tender una mano, ofrecer un consejo, acompañar a quien lo necesita y aportar, desde cualquier lugar, a construir un mejor país. «Todos tenemos algo para dar», concluye.
Quizá esa sea la cumbre más importante que ha alcanzado el cabo segundo Juan Camilo Villarraga, entender que el servicio no termina cuando se deja el campo de batalla, simplemente encuentra una nueva forma de seguir adelante.
Revista En Primera Línea
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