El
globo blanco temblaba entre sus manos mientras levantaba la mirada hacia el cielo. En él había escrito una frase sencilla, pero cargada de una
historia que había acompañado
toda su vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas y
en silencio lo soltó. Comenzó a elevarse lentamente hasta perderse en el cielo de un azul majestuoso, como si fuera un mensaje directo que viajaba hacia lo más alto, buscando a su padre.
Ese instante, breve pero profundamente simbólico, se convirtió en
el momento más íntimo en su ceremonia de graduación.Minutos antes, la cabo tercero
Karen Vera Méndez había recibido su grado después de dos años de formación en la
Escuela de Suboficiales del Ejército Nacional. Cuando escuchó su nombre con orgullo, sintió que en el pecho se mezclaban emociones difíciles de explicar.
Había esperado ese momento durante años. Sentía felicidad por haber llegado hasta allí, pero también una tristeza inevitable. “
Después de tanto tiempo de lágrimas, lo logré, pero quisiera que él, mi papá, estuviera aquí”, dice con voz serena.No guarda imágenes propias de su rostro ni del sonido de su voz. Sin embargo, a lo largo de los años fue construyendo una imagen de su padre a partir de los relatos que escuchó una y otra vez de familiares y antiguos compañeros. Así supo que había sido
un hombre generoso y disciplinado, un soldado que
cumplía su misión con convicción y que sirvió como tripulante de aviación del Ejército Nacional.
Desde muy pequeña supo que deseaba ser militar para honrar la memoria de su padre y demostrar que el apellido que él llevó con orgullo seguiría presente en el en la institución. Muchas veces también escuchó una frase que terminó marcándola profundamente, “
usted es idéntica a su papá, en el carácter y en la forma de ser”. El camino para lograrlo no fue sencillo.
Su familia tuvo que salir adelante con esfuerzo y sacrificio. Su madre, cabeza de hogar, asumió la responsabilidad de sacarla adelante a en medio de las dificultades. “
Yo siempre digo que no sé cómo mi mamá hizo para lograrlo”, cuenta con gratitud. Cuando decidió presentarse a la
Escuela de Suboficiales del Ejército Nacionalsabía que ese sueño también implicaba sacrificios para ambas.La formación militar puso a prueba su fortaleza física y emocional.
Hubo jornadas de entrenamiento exigente, momentos de incertidumbre y noches en las que el cansancio y la nostalgia parecían inevitables. En esos instantes, cuando sentía que las fuerzas podían faltarle, pensaba en su padre. Recordaba las historias que había escuchado sobre su disciplina y su entrega al servicio. “
Yo decía que, si mi papá pudo hacerlo durante tantos años, ¿yo por qué no?”, recuerda la suboficial.Ahora, convertida en cabo tercero del
Ejército Nacional, siente que continúa una historia que comenzó mucho antes de que ella pudiera recordarla.
“
Para mí significa mucho saber que mi papá también llevó este uniforme. Mi objetivo es llevar el apellido Vera por lo alto”. Su camino dentro de la institución apenas comienza. Sueña con seguir estudiando, continuar su formación como
auxiliar de enfermería y cumplir otro anhelo de formar parte de la aviación como su padre.Al final, el globo blanco ya no se veía en el cielo.
Sin embargo, el mensaje ya había sido enviado. Aquel que decía “
Orden cumplida, papi” era el final de una promesa que comenzó cuando una niña creció escuchando historias sobre su.
Hoy, cada vez que alguien pronuncia su grado, esa promesa sigue viva. Porque el uniforme que ahora lleva representa su propio camino dentro del Ejército Nacional y
mantener en alto el legado de un soldado cuya historia continúa escribiéndose a través de su hija.
Fuente:
Prensa Dirección de Comunicaciones Estratégicas - Agencia de Noticias.